Maldije en voz baja, pero mis piernas ya se abrían solas. Luca sonrió con malicia, y sus dedos, aún húmedos por nuestros fluidos, se deslizaron directamente dentro de mi coño, ya hinchado y sensible.
—¿Todavía tienes hambre? —preguntó mientras frotaba mi clítoris con brusquedad—. Pequeña puta. Acabas de correrte tres veces y ya estás abriendo las piernas otra vez.
—Cállate y úsame —siseé—. No hables tanto.
Luca rió bajito. Sacó sus dedos, se levantó de la cama y caminó hacia el armario en la es