Me senté en el suelo de la habitación, con la espalda apoyada contra la puerta bien cerrada. Las lágrimas seguían cayendo, pero poco a poco comenzaron a detenerse. Me sequé la mejilla con el dorso de la mano y sentí la mejilla izquierda aún ardiente y ligeramente hinchada. La bofetada de mi padre no fue la más dolorosa que había recibido nunca—pero la sensación de traición que la acompañaba era mucho más profunda que cualquier herida física.
Mi teléfono volvió a sonar.
Miré la pantalla. Luca.
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