Giovanni no se dio la vuelta. —No voy a perder mi tiempo entrenando contigo.
—¿Por qué no? —me coloqué frente a él, obligándolo a reconocerme—. ¿Tienes miedo de que te haga quedar mal frente a tus hombres?
Giovanni me miró, y había algo casi lastimoso en su expresión. —Eres demasiado pequeña.
El calor inundó mi rostro, una mezcla de humillación y furia. —Le gané a Enzo.
Los ojos de Giovanni se desviaron hacia donde estaba Enzo. Éste, a su crédito, asintió una sola vez, con cierta renuencia.
Algo