Ver a toda la manada inclinada ante mí me provocaba una sensación extraña. Era poder y responsabilidad que no estaba segura de querer asumir.
—¿Podemos irnos? —le pedí a Damien, sintiendo el peso de las miradas sobre mí.
—Tienes que pedirles que se pongan en pie y que dejen de aullar o no lo dejarán de hacer —mencionó mientras acomodaba mi cabello con suavidad.
—¿Tengo que hacerlo yo? —pregunté, sintiéndome insegura. Mi voz apenas era un susurro comparada con los aullidos que resonaban en e