Salí de mi oficina con pasos firmes y decididos. Vi a Aria riendo y hablando animadamente con Antuan, un asistente de recursos humanos. Su risa era ligera, como una melodía que me resultaba irritante. Su sonrisa deslumbrante estaba dirigida a otro hombre, y eso me enfureció de una manera que no podía ignorar.
—A mi oficina —ordené con una voz fría y autoritaria, más gélida de lo que había previsto.
Aria se volvió hacia Antuan con una expresión de disculpa.
—Adiós, Antuan...
—A mi oficina, ya —m