—Rayos —exclamó Romina cuando el agua caliente le cayó en la mano, sacándome de mis pensamientos.
—Romina, ¿estás bien? —salí corriendo y me acerqué a ella, mi preocupación sincera permanecía reflejada en mis ojos.
—Sí, solo que arde. Iré a lavarme la mano. ¿Podrías llevar esto a la oficina del jefe? —apuntó a una charola con dos cafés y una taza de té.
—Sí, claro. Atiéndete la mano.
Tomé la charola y me dirigí a la oficina de mi... de Damien. Cada paso que daba aumentaba mi ansiedad y mi coraz