36. No debiste provocarme

El portazo retumbó como un latigazo en las paredes de piedra.

Eryx cerró la puerta con tal fuerza que la hizo estremecer. Lana apenas tuvo tiempo de girar hacia él cuando la acorraló contra la pared, una de sus manos apoyada a la altura de su rostro, la otra a un costado, bloqueando toda posible vía de escape.

Su cuerpo no la tocaba pero el calor que desprendía era abrasador, intenso.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo?—gruñó con la voz rasgando el aire entre ellos—. ¡Te atreviste a baila
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