El ambiente dentro de la cueva, ahora desprovisto de la presencia corrosiva de El Maestro y la locura fanática de Tiber, se sentía denso y frío, saturado por el hedor persistente de la traición y la amenaza inminente que se cernía sobre ellos, el pequeño respiro tras la liberación de Caleb había sido una victoria mínima, un suspiro que sólo servía para confirmar una verdad brutal: el ritual final se acercaba, impulsado por el Juramento Quebrantado, y la Marca Rota de Lía era, indiscutiblemente,