La orden de Lía no había sido un ruego ni una súplica, había sido una declaración de guerra contra el Destino, fría y definitiva, nacida de la aceptación de la verdad cínica de Tiber, la Anomalía había entendido que la única manera de negar el plan de El Maestro era seguir avanzando, transformando la Agonía Total de Aiden de un combustible de sacrificio a la Brújula de la Urgencia y el recordatorio constante del precio de su fracaso.
Lía fue la primera en cruzar el Umbral, el arco de obsidiana, que minutos antes había pulsado con una luz oscura, parecía ahora inhalar la luz, convirtiéndose en una boca abierta de oscuridad total, al cruzarlo, el cambio ambiental fue instantáneo y brutal.
El aire en el Santuario Interior no era denso; era vacío, era como entrar en un espacio donde la física y la voluntad se disolvían lentamente, la sensación de ser observado no era una paranoia; era una certeza.
Lía se movió con un ritmo deliberado, casi ritualista, el Protocolo de Ancla Física era ahor