Inicio / Romance / Mamá ¿Quién de los dos es mi papá? / Cap. 10: “PADRE A” y “PADRE B”
Cap. 10: “PADRE A” y “PADRE B”

Iker soltó la muñeca de Amelia de inmediato. Al volverse hacia la puerta, sus ojos se encontraron con unos ojos brillantes y penetrantes, y se quedó paralizado.

Una extraña sensación de familiaridad que irradiaba frente a él, los ojos del niño le provocó un inexplicable escalofrío, que le oprimió la garganta hasta dejarlo momentáneamente sin habla.

—Teo… —murmuró Amelia, intentando sonar tranquila—. No es lo que piensas.

El pequeño dio un paso dentro de la sala, sin apartar la vista de Iker. Su compostura, superior a la que le correspondía por su edad, dejaba a uno algo desconcertado.

—Lo vi en las cámaras —dijo con seriedad, Su voz aún tenía un deje infantil, pero su tono era el de un pequeño adulto—. Tus dedos la apretaban demasiado.

—Teo, no me estaba lastimando —replicó Amelia con suavidad.

—Quizá no te dolía, pero tu respiración se aceleró y tus pulsaciones aumentaron. Aproximadamente un 25 o 30 %. Lo noté apenas entré. —Lo dijo con la naturalidad de quien enuncia un cálculo sencillo.

Iker lo observó incrédulo.

—¿Tú calculaste todo eso?

—Sí —respondió el niño, encogiéndose apenas de diminutos hombros—. No es difícil. Tus pupilas estaban más grandes, mamá, y eso siempre pasa cuando el corazón late más rápido.

Incluso hizo un gesto con los dedos para mostrar el tamaño de los ojos.

El silencio fue absoluto. Amelia sintió el peso de ese intercambio como una amenaza imposible de controlar. Iker, en cambio, comprendió que no estaba frente a un niño común: era brillante, preciso, capaz de ver lo que los demás pasaban por alto.

Amelia tomó aire para recuperar el control.

—Teo, cariño, ¿te importaría esperar un momento en la oficina? Mamá necesita hablar con este señor en privado.

El niño dudó, frunciendo ligeramente su pequeña frente, pero aun así asintió obediente.

Al pasar junto a Iker, se detuvo, levantó su pequeño rostro y miró fijamente al hombre alto. Con su voz más infantil, le lanzó la advertencia más severa:

—Te estoy vigilando —advirtió, antes de cerrar la puerta tras de sí.

El silencio volvió a caer como plomo.

Iker dio un paso hacia Amelia, la mirada fija en ella.

—Es mi hijo, ¿verdad? ¿Vas a seguir negando que eres la mujer de aquella noche?

Amelia lo sostuvo, aunque su respiración la traicionaba.

—Señor Balmaceda, insisto: me confunde con otra persona. Teo es mi hijo y eso es lo único que cuenta.

La incredulidad de Iker se tornó en firmeza.

—No puedo quedarme de brazos cruzados. Haré una prueba de ADN.

Amelia levantó el mentón, desafiante.

—No es tan simple. Para eso necesitaría mi consentimiento, y no lo tendrá. Si quiere esa prueba, tendrá que obligarme.

—Créeme, Amelia —su voz fue un susurro de acero—, voy a comprobar que ese niño es mi hijo.

Ninguno advirtió que la puerta había quedado entornada.

Teo, con la respiración contenida, escuchó cada palabra. Su pequeña mente trabajaba a toda velocidad: «¿quién de los dos decía la verdad? ¿Era ese arrogante hombre del aeropuerto, o este hombre que se parecía... bueno... un poco a él?»

Apretó los puños con determinación.

—Lo voy a investigar yo mismo —murmuró, serio, antes de apartarse en silencio.

****

Amelia permaneció en la oficina unos segundos más, con la mirada fija en la carpeta sobre la mesa. El eco de las palabras de Iker la perseguía: “Es mi hijo, ¿verdad?”. Y antes, Lisandro con la misma convicción. Dos hombres, dos pasados, dos verdades que la asfixiaban.

Se dejó caer en la silla y cerró los ojos. El recuerdo la arrastró sin piedad.

Semanas después de haber cobrado el fideicomiso, cuando creyó que al fin podía empezar de nuevo en otro país, las náuseas comenzaron a acosarla. Fue a un médico local y la noticia la dejó helada:  estaba embarazada.

No supo si reír, llorar o huir de nuevo. Y de inmediato, la duda la desgarró.

Recordaba que días antes de descubrir la verdad sobre Lisandro tuvieron relaciones como esposos.  Y luego vino la noche definitiva. La firma del divorcio, el despecho, y la caída libre en unos brazos que no esperaba: los de Iker. Una sola noche, intensa y desbordada, en la que se dejó llevar para olvidar la humillación.

El médico que la había revisado le había informado que los anticonceptivos no surtían efecto cuando se tomaba ciertos medicamentos que días antes ella había consumido por una infección.

Desde entonces, la pregunta nunca la abandonó.

«¿Quién era realmente el padre de Teo? ¿Lisandro, con quien había compartido años de mentiras hasta el final? ¿O Iker, aquel desconocido que apareció en el momento más oscuro de su vida?»

Abrió los ojos, temblando. No quería saber la respuesta. No podía. Porque si alguno de los dos reclamaba a su hijo, temía perderlo para siempre. Y Teo era lo único que tenía, lo que le dio fuerzas para salir adelante, su mayor inspiración.

Se recompuso y se dirigió a su oficina, donde encontró a Teo sentado en la gran silla, con las piernas colgando tan bajas que apenas tocaban el suelo.

Estaba sentado con los brazos cruzados, el pequeño ceño fruncido y la mirada penetrante que la atravesaba como un bisturí.

—Quiero una respuesta —dijo el niño, sin rodeos. Habló en ese momento como un pequeño adulto—. ¿Por qué esos dos hombres dicen que son mi papá?

El corazón de Amelia se encogió. Se acercó despacio, intentando sonar tranquila.

—Teo, no debes preocuparte por lo que digan ellos. Lo único que importa es que eres mi hijo, y yo siempre voy a cuidarte.

—Eso no responde mi pregunta —replicó él, con esa lógica fría que tanto la desconcertaba—. Uno lo dijo en el aeropuerto. El otro lo acaba de decir aquí. No pueden estar los dos en lo cierto.

Amelia trató de acariciarle su carita, pero él se apartó apenas un milímetro, lo suficiente para que doliera.

—A veces los adultos dicen cosas sin pensar, solo para herir o confundir.

Teo negó con su cabecita.

—No. Sus voces eran seguras. Sus pupilas no temblaron. Y tú… —la miró con seriedad— tú también estás nerviosa cada vez que hablan de eso.

Las lágrimas amenazaron con desbordarse. Amelia lo estrechó contra su pecho, intentando que el calor de un abrazo borrara las dudas.

—Tú eres mi vida, Teo. Eso es lo único que importa.

Pero el niño, firme incluso entre sus brazos, murmuró con la voz decidida de un adulto en miniatura:

—Si tú no me lo dices, yo mismo lo averiguaré.

****

Iker llegó a su oficina, se apoyó contra la pared, con el móvil en la mano, los nudillos tensos de tanto apretarlo.

—Necesito información —dijo en voz baja cuando una persona de su confianza respondió—. Amelia Navarro y su hijo Teo. Fechas, viajes, registros médicos,  lo que sea. Quiero todo, es urgente.

Colgó sin esperar preguntas.

Cerró los ojos por un instante. La imagen del niño lo perseguía: esa mirada desafiante, el modo en que hablaba con seguridad impropia de su edad, el eco de sus propios gestos reflejados en un cuerpo tan pequeño. Lo desconcertaba, lo sacudía de un modo que Lisandro jamás hubiera admitido.

Él no se preguntaba cómo afectaba eso a su ego ni a su reputación. Solo pensaba en Amelia.

«¿Por qué lo ocultaba? ¿Por qué seguía negando que ella era la mujer del bar? ¿Acaso esa noche no significó nada?»

Sacudió la cabeza. No podía dejarse dominar por emociones. La verdad debía comprobarse con hechos, con ciencia. Una prueba de ADN. Una certeza que nadie pudiera discutir.

Su respiración se estabilizó, y la frialdad habitual volvió a su rostro.

—Voy a descubrirlo —susurró, con la firmeza de una promesa.

****

En su habitación, Teo encendió su computador portátil. La pantalla se iluminó con el esquema que había comenzado a dibujar en silencio. Tomó un cuaderno y escribió en letras grandes:

Padre A: Lisandro.

Padre B: Iker.

Debajo, empezó a trazar columnas.

Lisandro: mismo apellido que mamá antes, lo conoció desde antes de que yo naciera, parecido físico en algunas cosas.

Iker: ojos iguales a los míos, voz parecida, gestos similares, más rasgos físicos en común.

Añadió pequeños dibujos con flechas, círculos y números. Todo debía encajar.

Se detuvo, apoyando la barbilla en la mano mientras reflexionaba..

—Necesito pruebas… —murmuró para sí.

De repente, sus grandes ojos se iluminaron con una idea.

No bastaban las comparaciones. Necesitaba algo de ellos: un cabello, un vaso, una servilleta. Evidencia genética.

Dejó el lápiz sobre el escritorio y una sonrisa de satisfacción se extendió por su pequeño rostro, como si hubiera resuelto el primer acertijo.

—Lo voy a resolver. Nadie me dirá mentiras.

El cuaderno quedó abierto, con las palabras “PADRE A” y “PADRE B” subrayadas en rojo.

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