Cap. 11: Pero tampoco voy a destruirla a ella.
Amelia apagó la lámpara de la mesita de noche con cuidado, procurando no perturbar el sueño de Teo. El niño dormía profundamente, con los bracitos abiertos y los puños cerrados como si intentara atrapar el mundo incluso en sueños. Sus pestañas largas descansaban sobre sus mejillas, y un mechón rebelde le caía sobre la frente.
Se inclinó, lo besó con ternura en la piel tibia y le acomodó las sábanas. Luego acarició su cabello claro con los dedos temblorosos, guardando ese instante en su memoria