Inicio / Romance / Mamá ¿Quién de los dos es mi papá? / Cap. 9: ¡Oye, tú! ¡Suelta a mi mami!
Cap. 9: ¡Oye, tú! ¡Suelta a mi mami!

—¿Con qué derecho interrumpes? —la voz de Amelia retumbó en la sala, cargada de indignación—. ¡Voy a llamar a seguridad si no sales ahora mismo!

Lisandro cruzó la puerta con una calma fingida, como si todo estuviera bajo su control.

—Tranquila, Amelia. No vine a pelear. Vine a recuperar lo que es mío.

Iker, de pie junto a la mesa de cristal, lo miraba con atención. La mención lo hizo fruncir el ceño.

—¿“Lo tuyo”? —replicó con voz grave.

—Mi esposa —declaró Lisandro, con arrogancia.

La sorpresa cruzó el rostro de Iker; su mandíbula se tensó al instante. Amelia no le dio tiempo a nada.

—Exesposa —corrigió con veneno en cada sílaba.

Un silencio espeso se apoderó de la sala. Amelia respiró hondo, obligándose a recuperar la compostura. Tomó la carpeta con el contrato de Balmaceda y la sostuvo entre sus manos.

—Lisandro, esta reunión estaba destinada a sellar un acuerdo. Con Iker ya lo hemos discutido todo. No estoy aquí para escuchar nuevas propuestas.

Lisandro sonrió con ese brillo cínico que Amelia conocía tan bien. Avanzó hasta el centro de la sala y dejó caer una carpeta pesada, con el emblema dorado de Elizalde Holdings grabado en la tapa.

—No va a ser tan fácil, Amelia —dijo con falsa calma—. Pero no firmes todavía. Mira lo que ofrezco. Si de verdad quieres lo mejor para tu fundación, sabrás que mi propuesta es la única capaz de asegurarle prestigio mundial. El apellido Elizalde tiene peso. 

El ambiente se electrizó. Amelia no respondió de inmediato, aunque la furia hervía en sus venas. Iker arqueó apenas una ceja, la voz fría como acero.

—Tu apellido abre puertas, Elizalde… pero mi proyecto cambia vidas. Y la señora Navarro lo sabe.

El cruce de miradas entre los dos hombres era un pulso de titanes, como si cada palabra pesara toneladas. Amelia sintió que el aire se volvía pesado; sabía que la sala se había transformado en un ring corporativo.

—Esto no es un concurso de egos —intervino al fin, firme, aunque su corazón martillaba—. La fundación necesita aliados, no batallas personales.

Lisandro retrocedió un paso, pero en lugar de marcharse, deslizó el sobre blanco sobre la mesa. Su gesto fue calculado, provocador.

—No espero tu respuesta ahora —dijo en un tono bajo, casi un desafío—. Léelo, compáralo, y sabrás quién puede darle a tu proyecto lo que realmente necesita.

Amelia apretó los labios. No pensaba ceder ante él, pero tampoco iba a darle el gusto de ignorarlo sin más.

Lisandro le dedicó una última sonrisa triunfal y salió de la sala, dejando tras de sí el eco de la puerta cerrándose con violencia.

El silencio fue absoluto. Amelia bajó la mirada al sobre, que yacía sobre la mesa como un reto imposible de esquivar.

Iker permanecía de pie, con la expresión endurecida.

Amelia sostuvo el sobre entre los dedos. No iba a darle la victoria a Lisandro,  pero tampoco podía permitir que nadie, ni siquiera Iker, pensara que ella era una mujer fácil de manipular.

****

Lisandro avanzó por el pasillo con pasos seguros, convencido de haber dejado sembrada la semilla de la duda. 

Al girar hacia la oficina de Amelia, se encontró con el niño de pelo despeinado y ojos grandes y curiosos que lo observaban desde la entrada, con sus pequeños brazos cruzados en un gesto que pretendía ser serio.

—Estaba mirando la reunión —dijo Teo con tono maduro, sin rastro de timidez—. Desde la cámara del computador de mi mamá.

Lisandro no pudo evitar una leve sonrisa ante la mezcla de solemnidad e inocencia del pequeño.

—Así que eres un pequeño investigador —respondió, suavizando su tono.

—No solo observo, analizo —aclaró Teo, enderezándose todo lo que su pequeña estatura le permitía, como si explicara algo muy importante—. Es diferente.

Lisandro parpadeó, desconcertado por la seguridad que emanaba de ese pequeño ser, y dio un paso hacia él.

—¿Y qué concluiste, pequeño analista?

Teo lo sostuvo con la mirada fija, sin pestañear.

—Que llegaste tarde. Y los que llegan siempre pierden la oportunidad. 

La respuesta, simple y contundente, le cayó a Lisandro como un balde de agua helada. Durante un instante perdió la sonrisa, aunque enseguida trató de recomponerse.

—Eres muy inteligente —murmuró, agachándose un poco para quedar a su altura—. ¿Cómo te llamas?

Teo se mordió suavemente el labio, un gesto infantil que delataba su edad, pero mantuvo la compostura.

—No te diré mi nombre. Lo que importa es que mi mamá ya había tomado una decisión. 

La frase, dicha con calma, lo golpeó más fuerte que cualquier reproche adulto. Lisandro quedó mudo unos segundos, observando a aquel niño con una mezcla de desconcierto y emoción. Algo en su interior se removió, un eco profundo que no había sentido en años.

No insistió. No podía. En lugar de ello, lo miró en silencio, como quien contempla una verdad incómoda y hermosa al mismo tiempo.

Teo, serio como un adulto en miniatura, se giró y volvió a la oficina, dejando a Lisandro solo en el pasillo, con el corazón acelerado y la mente convulsionada por una certeza peligrosa: estaba convencido de que ese niño era suyo.

****

Entre tanto en la oficina Amelia aún sostenía el sobre en la mano, como si pesara demasiado, cuando la voz grave de Iker la atravesó.

—Creí que estaba tratando con gente seria, señora Navarro —su tono era gélido, pero bajo esa frialdad latía la decepción—. No puede llegar de la nada su ex y pretender que considere otras propuestas.

Ella alzó la barbilla, intentando mantener la compostura.

—No estoy considerando nada, señor Balmaceda. Solo, no podía amar un escándalo, usted no conoce a mi ex, ese hombre no se dará por vencido hasta que al menos yo lea su propuesta. 

—¿Está pensando en considerar esa propuesta? —preguntó él con una media sonrisa amarga, dando un paso hacia ella—. No puedo creer que la mujer con la que iba a firmar hoy,  titubee cuando aparece su ex —resopló. 

Amelia apretó los labios.

—No es lo que usted piensa. 

—Entonces, explíqueme. —Su mirada se volvió más intensa, con un destello de reproche—. ¿De verdad quiere tener a su ex cerca? ¿Ese es el mismo hombre que la tenía tan despechada esa noche… aquella noche en que estuvo en mis brazos?

El corazón de Amelia dio un vuelco. Su respiración se entrecortó.

—Se equivoca —murmuró, con la voz apenas audible—. Esa mujer no era yo.

Iker avanzó sin vacilar, acortando la distancia. La intensidad en su mirada la atrapaba, la hacía retroceder hasta que su espalda chocó con el borde de la mesa.

—No me mienta. —Su tono era bajo, cargado de certeza—. No olvido un par de ojos, ni una voz, ni la manera en que le temblaban las manos aquella noche. Aún recuerdo el sabor de sus besos, sus palabras. Bastaría volver a besarla para comprobar mis sospechas. 

Amelia sintió que el corazón se le salía. Intentó girar el rostro, pero él la sujetó suavemente de la muñeca, inclinándose hacia ella. El aire se volvió eléctrico. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su aliento, el roce de su pecho contra el suyo.

El instante se estiró, cargado de un deseo que ninguno quería admitir en voz alta. Iker bajó el rostro, decidido a comprobar lo que su instinto le gritaba.

Entonces, la puerta se abrió de golpe.

—¡Oye, tú! ¡Suelta a mi mami! —la voz clara y un poco aguda de Teo irrumpió como un campanillazo. El niño se plantó en el umbral, con sus mejillas sonrojadas por la indignación y sus pequeños puños apretados a los costados—. ¡No está permitido empujar! ¡Déjala ir ahora mismo o... o... voy a llamar al señor de seguridad!

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