Adrian caminaba de un lado a otro de su habitación de hotel, con el mensaje de Vanessa fijo en la pantalla de su teléfono. Sus palabras lo hirieron como puñales: «Tienes 48 horas. No me provoques».
Apretó la mandíbula mientras la frustración lo invadía. Ella siempre sabía cómo sacarlo de quicio, amenazando con desmoronar el poco control que le quedaba. Arrojó el teléfono sobre la cama y se sentó, cubriendo su rostro con las manos.
Todo parecía una broma cruel. Las decisiones que tomó años atrás