—¡Buenos días! —exclamó Carmenza asomando la cabeza en el salón para buscar quien había abierto las ventanas para ventilar. Miró el reloj en su muñeca incrédula y levantó las cejas impresionada. —¿Cataleya?
—¡Buenos días doña Carmenza!—contestó Cataleya apurada dejando un jarrón con flores encima de la mesa del comedor. Carmenza la vio ajustarse la falda de su uniforme y le dio pesar, era demasiado corta y debía resultar incómodo para trabajar, pero fue algo impuesto por Frank y no había maner