—Lina? —la llamo con delicadeza conforme abro la puerta. No responde, y tampoco está en su cama; la busco en el baño y no está, mi garganta empieza a quemar, tengo un mal presentimiento sobre esto. Bajo a la cocina y tampoco está allí. Mi respiración se agita, mi pecho sube y baja con velocidad, mi garganta está hecha un nudo, ella no está por ningún lado; se fue, y quién sabe a dónde. Recobro la razón y salgo corriendo a la sala—. Lina no está —anuncio con la boca seca.
—¿Cómo qué no está? —in