La habitación de Yuna estaba sumida en penumbra, apenas iluminada por la luz tenue de una lámpara en una de las esquinas. Yacía en la cama, con los ojos fijos en el techo, pero sin verlo de verdad. Su mente vagó lejos, atrapada en una espiral de resentimiento. Sus hermanas si tuvieron suerte. Conocieron a sus esposos por casualidad, en encuentros románticos y mágicos que parecían sacados de una novela de amor. Se casaron con hombres que las amaban, que las adoraban y respetaban. Pero para Yuna,