—Sí. Vine a ver que no hubieses cometido una locura —espetó, con un ligero temblor en su voz.
—Pues sí. No me maté, Antoine. Estoy viva —mi sarcasmo salió a relucir—. ¿Ya te liberaste del cargo de conciencia? —agregué entre dientes.
—Esto fue un error —farfulló—. No debí venir —se volvió a dar la vuelta para irse.
—¿Por qué haces esto? —inquirí—. Me mandas a la mierda, pero actúas como si de verdad te importara.
Volvió a detenerse, pero no se giró.
—¿Por qué lo haces? —presioné.
No dijo nada. T