El sonido del teléfono rompió la noche como un vidrio que se quiebra. Alejandro se incorporó de golpe sobre la cama del cuarto de huéspedes, con la respiración cortada; su mano buscó la pantalla como quien busca un faro. No había querido darle a Valentina el gusto de dormir juntos esa noche y, sin embargo, ahora esa distancia le dio la libertad de atender la llamada sin su vigilancia. En la pantalla apareció el nombre de Sergio.
Contestó sin preámbulos.
—¿Sergio? —dijo, con la voz todavía rota