La noche había caído sobre la finca con la suavidad de una sábana que vuelve opacos los contornos; la casa respiró distinto, como si el día hubiera sido un monstruo que por fin se había apartado a reposar. Afuera, el viento jugueteó entre los cipreses y el cielo mostró su manto oscuro sembrado de estrellas tímidas. Adentro, casi todos dormían: voces apagadas, pasos contados, el murmullo lejano de quienes aún arreglaban alguna cosa antes de entregarse al sueño. Pero no todos: la noche guardó a l