La mañana del sepelio amaneció fría y clara, como si el cielo hubiera decidido prestarle solemnidad a la tierra. Las nubes—pocas—se estiraron en hileras lejanas y el sol filtró una luz pálida que no calentaba, sólo delineaba los contornos con una nitidez cruel. En la parte trasera de la finca, donde antes hubo un huerto y ahora sólo quedaba una parcela de tierra suelta y algo de hierba reseca, se dispuso el lugar definitivo: un claro bordado con guijarros, unas cruces modestas y una fosa cavada