Durante un segundo, Alejandro no reaccionó.
Su mente, agotada por la noche y el desastre, necesitó ese instante para aceptar lo que estaba viendo: el auto estacionado frente a la verja, el brillo familiar del metal bajo el sol, la silueta erguida tras el parabrisas.
No era una ilusión.
Era Valentina.
Una oleada de incredulidad lo recorrió de pies a cabeza, tan rápida que sintió cómo el corazón le golpeaba las costillas. Se enderezó, separándose del ventanal, como si el cristal pudiera quemarlo.