La noche y el día eran lo mismo para Alejandro: dos máscaras que se intercambiaban con la precisión de un relojero. En la mansión era el prometido correcto, el ejecutivo firme, la voz que ordena y que calma. En la finca, ante la madre enferma y ante Isabel, se transformaba en el esposo protector de las pequeñas rutinas: en quien arregla mantas, en quien sostiene la mano temblorosa. Entre un abrazo y una excusa, manejaba llamas que podían abrasarlo. Jugaba con fuego porque creía que el fuego le