La noche cayó en la mansión como una cortina pesada: gruesas sombras que se estiraban por los corredores, el brillo cálido de las lámparas de araña derramando círculos de luz sobre la mesa del comedor. El mantel blanco parecía más opaco bajo la luz artificial; el vino, en las copas, tomaba una profundidad burdeos que la lámpara acentuaba. Todo olía a perfume caro y a madera encerada. Valentina se quedó junto a la ventana un instante más, observando todo más allá del jardín —la silueta de los ár