La lluvia sobre la ciudad parecía aplaudir cuando el teléfono vibró en la mesilla. Valentina no lo levantó de inmediato: dejó que el sonido se perdiera entre el zumbido del aire acondicionado y el sopor de una noche que no quería terminar. Cuando, finalmente, deslizó el pulgar sobre la pantalla, la notificación no traía nombre; solo un remitente anónimo y un archivo adjunto. El pulso se le encendió en las sienes antes aún de abrirlo, como si el resplandor del teléfono hubiera prendido algo en s