Capítulo 18 - Tan malditamente solo.
La vi alejarse por el pasillo, y no pude hacer nada. No porque no quisiera —aunque aún no entiendo por qué quería ir trás ella—, sino porque no podía. Era como si mi propio cuerpo se negara a obedecerme.
El primer impulso me quemó por dentro: seguirla, detenerla antes de que cerrara esa puerta y decirle cualquier cosa, lo que fuera, solo para obligarla a mirarme a los ojos por unos segundos. Pero me quedé allí, inmóvil, como si mis propios pies hubieran decidido traicionarme.
—¿Qué carajos estoy haciendo? —me recriminé en silencio, cuando ella cerró la puerta y de repente yo comencé a caminar hacia su cuarto.
Cerré los ojos con fuerza, sacudí la cabeza y detuve mi mano antes que esta golpeara la puerta. Lo que pensara o sintiera no debía importarme en lo más mínimo. Y aun así, la imagen de su espalda alejándose, de sus hombros encogidos como si llevara un peso invisible, se quedó martillándome la mente.
Intenté convencerme de que lo que me preocupaba era el bebé. Que si ella se sentía