—¿Tienes lo que te pedí? —preguntó Alejandro, su voz grave, casi vacía, pero la impaciencia empezaba a filtrarse, vibrando entre las palabras que apenas lograba controlar.
El detective no respondió de inmediato. Se levantó lentamente, sin prisas, como si estuviera acostumbrado a jugar con la ansiedad de su cliente. Tomó un sobre de la mesa y lo dejó frente a Alejandro con un leve movimiento de desprecio. No era que no se tomara su trabajo en serio, pero tenía claro que, para hombres como Alejan