La tarde había sido interminable, un peso que se me había clavado en el pecho y no se iba. Cada palabra de los abogados, cada pregunta, cada mirada, había sido como un golpe más en mi mente, acumulándose hasta hacerme sentir como si fuera una bola de nieve rodando por una pendiente. No había paz, solo un torbellino de dudas que no paraba de girar. Cuando salí de la reunión, me sentí vacía, como si todo lo que había intentado mantener en pie se estuviera desmoronando sin que pudiera hacer nada p