La gente observaba, los abogados estaban callados, el juez frunció el ceño, como si no comprendiera qué estaba ocurriendo. El rostro de Alejandro mostraba una determinación sombría, pero sus ojos, esos ojos que Isabel conocía tan bien, brillaban con algo diferente: una mezcla de desesperación y una extraña y silenciosa rendición. Él, finalmente, parecía dispuesto a decir algo real, algo genuino. ¿O no?
Antonio, a su lado, que no había dejado de mirarlo con una mezcla de temor y frustración, rea