Dos semanas más tarde, Aiko se alegró de que llegara el fin de semana para quedarse en la casa nueva y organizar su habitación. Estaba arrastrando una pequeña silla cuando escuchó un grito detrás de ella.
—¡¿Qué demonios estás haciendo?!
Ella se echó la mano al pecho, se giró y miró boquiabierta al origen de aquel grito. —En serio, Hiroshi, me has asustado.
Pero él no se rió, sino que frunció el ceño y la miró enfadado, como si ella acabara de cometer un crimen.
—¿Qué estás haciendo?- repiti