Danielle, aunque desconfiaba al igual que yo, a regañadientes nos subimos al auto. Yo quité el manto del fular y saqué a mi pequeña hija, colocándola en mi pecho para que se alimentara, mientras sentía cómo esos ojos nos recorrían a través del retrovisor.
—Y díganme, ¿qué hacen dos mujeres como ustedes por aquí? Solas, estos terrenos son peligrosos —la pelirroja abrió la conversación, y ambas nos miramos con Danielle. Pero fui yo quien habló.
—Estábamos perdidas, veníamos a visitar a un amigo,