Mientras conducíamos, Roxanne ni siquiera me miraba, y yo tampoco insistía en que lo hiciera. Ambos sabíamos lo que había pasado entre nosotros, y si debía quedar enterrado, lo haría sin protestar.
El camino hasta la mansión de Lorenzo Gambino fue largo y tenso, y llegar fue solo la primera parte del desafío. Nos detuvimos en una pista improvisada en mitad de la nada; la tierra árida y solitaria se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Nos bajamos: Roxanne, los gemelos, Gloríe y yo. Miramos