|Capítulo: La huida|
Empaqué todo lo que pudiera necesitar y llevar en mi coche, no dejé nada esencial que fuera de Izan.
Susana estaba sentada en mi cama e Izan estaba a sus pies, moviéndose como una pequeña lombriz muy feliz.
—Hay que darle mérito, dicen que los niños y los bebés no se parecen a nadie, pero ese cabrón dejó todo en Izan. Ahora que lo miro bien, no solo son sus ojos, juraría que tiene su nariz y sus cejas.
—Las tiene —¿para qué negarlo? Izan tenía un gran parecido a su padre, n