Mundo ficciónIniciar sesiónPVO Samantha
Desperté en sus brazos después de una noche más de estar con él, me quedé inmóvil, escuchando el latir de su corazón, teniendo la certeza que no era un sueño. Su pecho subía y bajaba con calma, su brazo me rodeaba con una naturalidad que hace meses atrás, me habría parecido imposible. Seis meses de compartir la cama, viviendo momentos de pasión que regresaron y me hicieron reencontrarme como mujer. Abrí los ojos despacio, y lo miré, era tan joven, fuerte y lo mejor de todo tan apasionado, mi mano se deslizó por su abdomen, sintiendo su piel tibia y firme. —¿Quieres volver a jugar? —preguntó con voz adormilada, al tiempo que me apretaba a su cuerpo. —Me encantaría, pero tengo que ir a trabajar —respondí besando su pecho. —Quédate —susurro contra mi cuello, y cerré los ojos, dejándome envolver por sus labios. —Emilio…—dije con un poco de duda, pero silenció mi protesta con un beso, mi cuerpo se dejó llevar por sus besos, por sus caricias, hasta que los dos quedamos satisfechos y plenos. Una hora después, me movía por el departamento, podía sentir su mirada sobre mí, intensa, cargada de deseo, cuando voltee a la cama, sonrió solo para mí haciéndome sentir admirada. —Nos vemos después del club —dijo, asentí, aunque algo dentro de mí se tensó. Los celos se habían apoderado de mí, ya no soportaba verlo rodeado de mujeres deseándolo, tocándolo como yo solo tenía el derecho de hacerlo. Se acercó tomo mi rostro entre sus manos y me beso, como siempre intenso, era como si quisiera borrar todo, pero no borraba del todo los celos. —Para que no me olvides —murmuro apartándose. Nunca abandonaba mi cabeza, ni mi corazón, desde que lo conocí. —Por poco lo olvidada —dije buscando en mi bolsa —tengo esto para ti. Le entre la caja negra, Emilio la abrió y al ver el reloj su expresión cambio. —No puedo aceptarlo —dijo cerrando y devolviéndome la caja, se alejo de mí. Dejé la caja en el tocador, me puse de pie y fui detrás de él. —¿Por qué no? —pregunté un poco dolida —solo es un regalo. —Porque no soy eso, Sam —dijo, fruncí el ceño, creía que estaba tratando de pagar sus besos y caricias —no estoy contigo por tu dinero… —Lo sé —respondí rodeando su cuerpo con mis brazos y apoyé mi rostro en su espalda —quise dártelo porque te amo… De inmediato sentí como se tensó por mi confesión. El lugar se quedo en silencio un segundo. —Yo no puedo decirte lo mismo —respondió dejándome helada, aparte mis brazos, mi corazón dolía más de lo que esperaba —Sam, yo… —No te estoy pidiendo que lo digas —replique un poco dolida —ni quiero comprar tu amor, solo quería que supieras mis sentimientos —me giré antes que notara cuanto me había afectado sus palabras, aparte una lágrima con rabia —¿Por qué te enamorarías de una mujer como yo? —termine diciendo odiando mis palabras —me tengo que ir… No podía quedarme ahí, no después de confesar mis sentimientos y darme cuenta que no eran correspondidos, estaba por salir cuando sentí su mano en mi codo, me hizo girar y sin decirme nada me beso, era como siempre, pero no se sentía igual, algo dentro de mí no se había roto. —Porque eres lo que quiero —respondió con sus labios pegados a los míos y mirando mis ojos, sin embargo, sus palabras en vez de alegrarme, me hirieron más, porque no sentía lo mismo que yo —si quieres lo acepto, pero como mi regalo de cumpleaños… Asentí con una sonrisa plana, no dije nada y salí del departamento, fui a la empresa pensando en sus palabras “No puedo decirte lo mismo”, eso no dejaba que me concentrara, tenía tanto miedo que llegara el día que Emilio terminara con todo, sabía que no podría sopórtalo, le había entregado mi corazón sin querer. Al caer la noche, llegué a casa, quería cenar con Jane antes de ir con Emilio, dejé mi bolsa sobre la mesa, me quito los tacones con un suspiro largo, al avanzar a las escaleras, veo una luz en la sala, me acercó y me encuentro con mi hija Jane recostada en el sofá con su celular en mano, puedo ver lo concentrada que está leyendo. —Hola mami —dijo con una sonrisa al verme acercarme a ella. —Hola, mi vida —respondí sentándome a su lado —¿Qué lees? —Un nuevo capítulo de Caballero de las Letras —responde con emoción, que no había visto en ella antes —es que su forma de escribir te hace vivir cada palabra, te juro que un día el será un escritor famoso y yo estaré junto a él… —¿Cómo es que estás tan segura que lo vas a conocer? —preguntó un poco intrigada. —Porque llevo unas semanas hablando con él —respondió Jane con esa sonrisa y un brillo en los ojos —ya estoy pensado en invitarlo a tomar un café. —Jane ve con calma —dije, intentando no sonar alarmada —no sabes si tiene una relación… —Ya le pregunté —contestó sin dudar Jane —me dijo que no tiene a nadie —tomo mi mano —escúchame mamá, cuando lo conozca lo voy a conquistar, y se convertirá en mi esposo, te lo juró… —¿Al menos sabes cómo es? —pregunté. —Si, nos enviamos fotografías —respondió —¿Quieres verla? —afirmé con la cabeza. Jane comenzó a buscar en su teléfono la imagen, mientras la observaba. —Aquí está —dijo emocionada, giro el teléfono hacía mí —es él —lo primero que vi fue sus labios, algo me parecía familiar, busco mis lentes para ver mejor la imagen… —¡Hija! —grita mi madre, Jane baja el teléfono rápidamente por el sobre salto. —¿Qué pasa, mamá? —pregunté poniéndome de pie. —No sabes a quien me encontré —respondió mi madre, me froté el puente de la nariz, no quería que me presentara a un hijo de sus amigas de nuevo. —No estoy para adivinanzas —respondí —mejor dime… —A Matías… Mi cuerpo se tensó de inmediato, me giró lentamente y me encuentro con la misma sonrisa cínica de siempre. —Hola Sam ¿Cuánto tiempo? —su voz atraviesa mi cuerpo como un cuchillo, pensé que nunca más lo volvería a ver. —Niña no piensas saludar —dice mi madre con una sonrisa, lo veo dar un paso al frente hacia mí, pero yo lo detengo con la mano y retrocedo. Los recuerdos regresan como una avalancha, al igual que el dolor y el sufrimiento que me causo. —¿Qué haces aquí? —pregunto con frialdad, siento la mano de mi hija tomando la mía con fuerza, parece que ha notado mi temblor. —Vine a saludarte, ahora que regresé a la ciudad —responde como si no hubiera hecho nada —Sam, sigues igual de hermosa… Mi madre sonrió, encantada. —Mi Matías siempre tan caballero —dice mi madre, clavé la mirada en ella, no podía creer lo que estaba escuchando —Samantha deberías invitarlo a cenar, para que se pongan al día… —Si, es una brillante idea… —responde emocionado Matías. —No, tengo una cita —respondo, miró a mi hija y a su teléfono —luego me enseñas a ese Caballero ¿sí? —le doy un beso en la frente, me pongo de nuevo los tacones y tomo mi bolsa para salir rápidamente de casa, necesitaba aire, porque ahí dentro me estaba ahogando. Subo auto y conduzco hasta el Club, donde él estaba, entre sin dudar y tomé la misma mesa de la esquina de siempre, miré al escenario y me encontré con su mirada, bailaba como siempre, son esa seducción que hipnotizaba. Sonrió para mí, la que me hace olvidar lo amargo de la noche.






