MILA
Mi corazón late con fuerza y mi apetito se desvanece de repente. Me levanto de la silla y rodeo la encimera, acercándome a él con preocupación.
—Estás herido —le digo, mi voz llena de inquietud.
Maximiliano me mira con una sonrisa leve, como si no fuera nada importante.
—No es nada —me dice.
Pero yo no me creo. Me acerco más a él y agarro su muñeca, revisando su brazo con cuidado. El calor de su piel me estremece pero me concentro en lo importante. La herida es más profunda de lo que pensa