155. EL CONJURO

RECUERDOS DE ÁRNYÉK:

El sirviente volvió a inclinarse, temeroso de acercarse a mí. Siguió contestando que el mundo de las bestias se dividía en territorios regidos por cada especie diferente. Aquí, en Targarien, solo habitaban vampiros. También estaba Trezagot, el reino de los lobos y otros cambiaformas.

—¿Reinos? ¿No existen reinos humanos? —pregunté, queriendo saber dónde estaba el reino de mis padres.

—¿Reinos humanos? ¿A qué se refiere, señor? Así llaman los humanos a sus divisiones. No los conozco, señor —respondió visiblemente desconcertado—. Solo sé que existe el reino del fuego, el inframundo, el reino de los dioses, el reino del agua y el del aire. Pero nunca he estado en el mundo humano, señor. Sirius debe saber; ustedes acostumbran a visitarlo mucho. Hasta un castillo tienen allá, creo que se llama Linderjpol. Sí, ese es su nombre.

Sirius y yo compartimos una mirada, incapaces de comprender la magnitud de lo que acababa de decir. Fuera lo que fuera, estaba claro que no está
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