ALEXEI
Estoy mirando la ciudad desde las ventanas de mi oficina, con una bebida en la mano.
—Christian estuvo en casa de Mancini—, había dicho Luk. —No hace falta ser un genio para darse cuenta de que trama algo—.
Que Christian de la Rosa aparezca sin invitación en la propiedad de Mancini parece el tipo de movimiento de ajedrez que no ves venir hasta que es demasiado tarde.
Si intenta abrir una brecha entre los Ivanov y los Mancini, es una jugada inteligente. Apuesta por la desconfianza, por el desmoronamiento de nuestras alianzas. ¿Y si lo consigues? La guerra que se ha estado gestando se desbordará y nos pillará desprevenidos.
¿Es mía siquiera? ¡Qué va! No lo sé. La mamá del bebé. Así la llaman los americanos, ¿no? Solté una risita seca, negando con la cabeza.
No, es mucho más que eso. ¿Pero cómo demonios la llama? ¿Amante? ¿Amante? No, esa palabra suena sucia y no le queda para nada.
Ninguna de esas opciones me convence.
Mis pensamientos son interrumpidos por un suave timbre del al