VALENTINO
Piper soltó un chillido de alegría cuando la levanté del suelo y abrí la puerta de la oficina.
—¡Mierda!—, la palabra salió de su boca en un siseo.
Me hizo un gesto para que bajara la voz, con los ojos muy abiertos. Eso bastó para que comprendiera a qué se refería.
—Por mucho que me guste que me lleves en brazos al cruzar el umbral, quizás no sea la mejor idea que me pasees por la casa sin pantalones —susurró.
Me reí en voz baja. —Buena idea.—
—No hay nadie —dijo, hablando en un ton