Me acerqué a él, tomando la cabeza de Valentino en mi boca y sellándola herméticamente con mis labios. Tal como lo había anticipado, su sabor era celestial; su aroma, almizclado y delicioso, inundó mi paladar. La cabeza de su pene por sí sola era casi suficiente para llenarme la boca.
Sin embargo, Valentino gruñó de placer, haciéndome saber que iba por buen camino. Lo miré con una sonrisa, dejándole verme con la boca llena. Tras un par de segundos, volví a mirar su pene y bajé la boca, azotando