Se aparta y me roza la mejilla con un nudillo. —¿Vino?—
Dudo, luego niego con la cabeza. —Hoy tengo el estómago un poco raro. Probablemente sea estrés—.
Frunce el ceño ligeramente, como si todo empezara a cambiar. Pero no insiste. Simplemente asiente y retrocede hacia la mesa.
—Muero de hambre —respondo, quitándome los tacones—. Huele de maravilla.
Sonríe, con un destello de orgullo en los ojos. «Osso buco. La receta de mi madre».
Sonrío. —¿Intenta seducirme con jarrete de ternera, señor Vasili