Las rebanadas de pastel llegan cubiertas con un ganache oscuro, brillante, coronado con un toque de pan de oro. Paso el tenedor por la superficie y llevo el primer bocado a la boca. La textura sedosa se derrite en mi lengua y se me escapa un gemido suave, involuntario.
—Es un pecado —susurro.
—Bien. —Él muerde el suyo y se lame un pequeño hilo de chocolate del pulgar, de una forma que apaga la mitad de mis conexiones neuronales.
A mitad del postre, hace una señal. Aparecen dos copas de champán, las burbujas elevándose como minúsculos fuegos artificiales.
Lo observo: su refinamiento letal, su amabilidad inesperada, y esa tensión que parece rodearlo siempre, como un filo oculto bajo terciopelo.
Entonces pienso en Chris. En el dolor agudo que siento cada vez que imagino un funeral en vez de una boda. En cómo esto podría ser una salida, un alivio, una apuesta desesperada pero valiosa.
Tomo el bolígrafo. La mano me tiembla, pero la voz no.
—Por la familia.
Él alza su copa.
—Por la colabo