Las rebanadas de pastel llegan cubiertas con un ganache oscuro, brillante, coronado con un toque de pan de oro. Paso el tenedor por la superficie y llevo el primer bocado a la boca. La textura sedosa se derrite en mi lengua y se me escapa un gemido suave, involuntario.
—Es un pecado —susurro.
—Bien. —Él muerde el suyo y se lame un pequeño hilo de chocolate del pulgar, de una forma que apaga la mitad de mis conexiones neuronales.
A mitad del postre, hace una señal. Aparecen dos copas de champán,