El día que conocí a Isabel, era un día tormentoso, cercano al invierno. El viento hacia estremecer los cristales de las ventanas, crujían las puertas viejas y el desgastado suelo de madera.
El señor Fabian había permanecido más de un mes ausente, dejándome sola y con poca comida, así que cuando lo escuché entrar, salté de la cama y con cuidado miré por la oxidada barandilla de las escaleras. Era una niña de apenas 12 años, y de alguna forma esperaba algo de él, algo bueno.
Pero cuando uno de