Zeira estaba de pie junto a la mesa, preparando nuevas infusiones para aliviar la fatiga de la Luna, y Saphira permanecía en silencio al otro lado de la habitación, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, en una actitud pensativa. Pero Somali no soportó más ese silencio. Su voz salió ahogada, quebrada, con un nudo de llanto que le oprimía la garganta.
—Zeira... por favor... —suplicó, alzando la vista hacia ella—. Convéncelo. Convéncelo de que cambie de opinión. Dile que no puede hacerme est