El estruendo de la botella al estallar había resonado por todo el salón, congelando a los invitados en su lugar, como si el mundo mismo se hubiera detenido.
María, quien ya estaba comenzando con su patético espectáculo, se detuvo justo en medio del pasillo que llevaba al altar. Todos los ojos estaban puestos en ella.
—¡Felicidades a los novios! —exclamó María, con una sonrisa que parecía más una mueca venenosa—. Lástima que llegué tarde, porque, si hubiera estado a tiempo, me habría opuesto a