Capítulo 313. El peso de lo que fui.
Esa frase, suave y precisa, me golpeó con más fuerza que cualquier acusación, que cualquier grito de odio.
Atravesó las defensas que ni siquiera sabía que aún tenía y se clavó directamente en el núcleo de dolor y vergüenza que era ahora mi ser.
Porque era una empatía no solicitada, no condicionada a mi arrepentimiento. Era un reconocimiento del sufrimiento como algo en sí mismo, separado de la culpa.
—No tienes que… —Empecé a decir, la voz quebrada, el instinto antiguo de rechazar cualquier piedad.
—Sí tengo —me interrumpió con una suavidad que no admitía réplica—. Porque una cosa no borra la otra. Tú me hiciste daño. Mucho. Eso es un hecho. Pero lo que te hicieron a ti… nadie merece eso. Son dos verdades que pueden existir al mismo tiempo. Y reconocer la segunda no anula la primera.
La miré durante un largo rato, tratando de descifrar el código de esa calma, de esa claridad moral que me resultaba tan ajena. ¿Era fuerza? ¿Era indulgencia? ¿O era simplemente una paz que yo nunca habí