Capítulo 311. La mujer que me crio.
Luciana Velasco
Mi madre no entró de inmediato.
Se quedó ahí, con la puerta apenas abierta, como si temiera que al cruzar el umbral algo terminara de romperse para siempre.
—Luciana… —dijo.
Su voz no era firme.
No era autoritaria.
No era la voz con la que había ordenado, defendido, justificado.
Era una voz rota.
—Pasa —respondí—. No muerdo. Ya no.
La ironía me salió sola. Me dolió apenas terminó de salir.
Lis Velasco dio dos pasos dentro de la habitación y cerró la puerta con cuidado excesivo.