Capítulo 290. El nombre que ya estaba escrito en mi corazón.
Amy Espinoza
El mundo debería detenerse cuando nace un hijo.
Debería hacer silencio. Debería inclinarse, o brillar más fuerte, o por lo menos avisarte que nada volverá a ser igual.
Pero no. El mundo siguió siendo ruido, máquinas, pasos, puertas, voces.
Y aun así, ahí estaba yo, en una cama blanca, con la piel sudada, el cuerpo adolorido y el alma… llena. Completamente llena.
Mi hijo dormía sobre mi pecho, tibio, con ese olorcito a vida recién estrenada que no se parece a nada en la tierra.
Max estaba a mi lado, sentado en la silla, inclinado hacia nosotros con la mirada más suave que le he visto en toda su vida.
Nunca lo había visto así.
Nunca.
—Se parece a ti —susurró él, casi sin respiro.
—No, mi amor —respondí—. Tiene tu frente. Tu nariz, tu ceño. Y la manera arrogante de fruncir la nariz cuando respira. Y los ojos verdes.
Max sonrió. Esa sonrisa pequeña, la que él nunca usa con los demás.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, pasando un dedo por mi cabello.
Suspiré.
—Cansada… pero bien.