Capítulo 282. Cuando la justicia no alcanza.
Edric Marlowe
Nunca pensé que un día como este llegaría.
El aire de la mañana era frío, casi metálico, como si quisiera advertirme de algo antes de que lo hiciera.
Pero lo que tenía que hacer… ya estaba decidido. José Velasco y Alejandro estaban esposados, cada uno flanqueado por dos agentes de seguridad privada. Solo esperando que vinieran por ellos.
No se quejaban.
No hablaban. Solo respiraban como dos hombres que sabían que el final estaba cerca, aunque ninguno entendía realmente qué final tendrían, pero yo si lo sabía.
El padre de Maximiliano caminaba a mi lado.
Su expresión era la misma de siempre: impenetrable, serena, esa calma que uno solo adquiere cuando ya ha visto morir demasiados hombres.
—¿Estás seguro de esto? —me preguntó en un susurro sin girar la cabeza.
No le respondí.
No podía.
Mis manos estaban metidas en los bolsillos del abrigo, apretando el pequeño teléfono negro que llevaba entre mi ropa.
Un teléfono sin origen. Sin registros. Sin contactos visibles. Solo un ca