Capítulo 230. La dulzura de una hija.
Maximiliano Delacroix
La frase me atravesó como bala lenta y silenciosa.
Mía no sabía nada del mundo adulto, pero entendía el silencio. Entendía las ausencias. Entendía la falta de abrazos a tiempo.
Me detuve y me agaché para quedar a su altura. Le tomé la carita entre las manos y la miré a los ojos.
—Escúchame bien, princesa —dije con voz firme, sin temblarme un músculo—. Yo nunca dejo de quererte. Ni un solo día. Ni una sola hora. Ni un solo minuto. Ni un solo segundo. Si tardo en llegar… es