Capítulo 127. Las dos eran mías.
Maximiliano Delacroix
El silencio se volvió tan espeso que podía oír cómo respiraba cada alma en aquel salón. Nadie se movía. Nadie osaba romper el instante suspendido entre la súplica de Adrián y la mirada de Amy.
Él seguía allí, con la mano extendida hacia ella, los ojos cargados de lágrimas que parecían no saber si caer o arder. Era un hombre que había sido un dios, reducido al polvo de su propia soberbia.
Y Amy… Amy permanecía inmóvil, con Mía dormida entre sus brazos, como si ese cuerpo pe