Capítulo 119. El sentido de la palabra hogar.
Maximiliano Delacroix
El rugido de los motores del jet privado aún retumbaba en mis oídos cuando bajé el último escalón de la escalerilla. El aire olía a sal y a una mezcla áspera de mar cercano y metal caliente que siempre se cuela en los aeropuertos. Pero esa vez no lo sentí igual. Esa vez todo me parecía distinto, porque en algún lugar, a unos metros de allí, estaba mi pequeña Mía, la niña que me había enamorado y por eso la consideraba mi hija. La luz de nuestras vidas.
No sé cuántas veces